Verdades que las mujeres, por hipócritas, no les decimos a los hombres.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Qué ganas

Qué ganas de hacerte el amor, pero no sólo en el cuerpo, querido J.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Silencio repentino

De un momento a otro intentó pensar en él de modo voluntario, para recorrer los recuerdos recientes que todavía respiraban en su piel, y fue entonces cuando algo extraño ocurrió: no sintió nada.

El deseo pausado de volver a disfrutar su presencia se cayó. El ansia simplemente no existía. Su cuerpo no gritaba para tenerlo dentro otra vez. Las imágenes de lo vivido en días recientes no la provocaban.

Al día siguiente, después de soñar con él, disfrazado de un profesor aburrido y poco atractivo intentó una maniobra. Fantasearía con su figura para saber si podía encenderla de nuevo.

Se acomodó en la cama en posición fetal y empezó a pasear por su casa usando la imaginación. Volvió al salón, allí donde había comenzado todo. Se vio desde el comedor y también lo vio a él. Fue espía sin vergüenza de sus actos. Esta vez él estaba sentado en la silla del escritorio y la trataba de un modo dominante.

Cuando la tuvo desnuda delante de él empezó a acariciarla en los lugares menos obvios. Quería que sufriera, que le rogara, que se mojara antes de penetrarla, pero justo en ese instante algo extraño ocurrió. Quizás fuese por sus conflictos marcados con la autoridad o la imposibilidad aparente de doblegarse ante las órdenes ajenas. Sea como fuere dejó de ser ella y se metió en el cuerpo de él. Alguna vez se había preguntado cómo sería sentir como un hombre, pregunta que estaba a punto de responder.

La obligó a pesarle el miembro, a media erección. Sintió sus manos recorriendo la vena gruesa que lo unía al escroto, sintió la humedad, le dio instrucciones para que le succionara la punta, como las daría una mujer que conoce bien la náusea provocada por el amante desconsiderado. Ansió estar dentro de ella pero resistió la urgencia. El saber que demoraba el gozo ajeno le ayudaba a soportar la presión rayana en el dolor.

Ya duro le ordenó que abriera las piernas y que le diera la espalda. Lentamente recorrió sus piernas desde las rodillas y acarició los pequeños montes cercanos a las nalgas, próximos a los labios. Gozó con los escalofríos de ella, que también eran suyos. Ignoró sus súplicas y la observó, tiritando, se acomodó en la silla y la clavó en su cuerno poderoso. Sus gemidos mezclaban alivio y placer.

Agarrada de las piernas, fuertes y velludas, se meció, se revolcó y se agitó hasta que él retomó el control. Le apretó las caderas mientras dirigía el movimiento para saciarse, al tiempo que ella no se decidía entre apretarlo desde adentro para volverlo loco o rozarse el clítoris para entrar en éxtasis junto a él. Ella era él y era ella. Estaba adentro y estaba afuera. Penetraba y era penetrada.

El estallido final, ese que logró explorándose y frotándose con las dos manos del cuerpo físico, reveló lo que sospechaba: el silencio inicial que quiso desafiar era sólo una fase más, otro capítulo de una serie de preámbulos casi interminables y nunca planeados.