Verdades que las mujeres, por hipócritas, no les decimos a los hombres.

martes, 29 de septiembre de 2015

Los editores también tienen groupies

Asistí a una conferencia que él daría en una casa linda, vieja y bien cuidada que funciona como centro cultural. Llegué temprano o la conferencia que daría comenzó tarde, no recuerdo bien, lo que sí recuerdo es escuchar con atención la conversación que él mantenía con el director de otra revista, de aquellas en las que tetas perfectas hacen que la publicación de historias extensas y hondas no sea un negocio a pérdida. Hablaban de las hijas del uno y de los viajes del otro, hablaban de una montaña, hablaban esperando que el momento de comenzar llegara.

Del público salieron preguntas decididas, sensatas y rebuscadas. Quienes las hacían parecían ser más valientes que yo, como ese con rastas que parecía argentino por su acento. Al final, miedosa y en ascuas, me acerqué a preguntarle al editor si para la siguiente edición de su revista invitaría a Hernán Casciari, dijo que ya lo había hecho pero que por los compromisos de este no sería posible que participara. Después dijo, y tú, ¿escribes? Sí, respondí con inseguridad. ¿Y tienes algo que pueda ver?, lo único que se me ocurrió hacer fue apuntar, con mi letra de colegio de monjas, las direcciones de mis blogs, arrancar una hoja de la libreta de bolsillo que usaba entonces y entregársela. Después de eso no soporté más los nervios. Me despedí y me fui. En el camino pensé en eso que había dicho acerca de su vida caótica, y de que el retomar la edición y la dirección de la revista le serviría para explicar sus problemas personales, que con o sin trabajo literario iban a seguir existiendo. Pensaba y se me antojaba ser uno de ellos, uno de esos problemas.

Pasó año y medio y pasó una vida. El novio que sentía celos cuando mencionaba al editor ya no era mi novio. Yo vivía de nuevo en Colombia y mi, ahora, ex ya no vivía en el suyo. Mientras me dedicaba a rehacerme, a lamerme las heridas recientes me hundí un poco más en el mundo onírico. Estudié más, leí más, recordé más sueños y comencé a repartir lo que sabía entre quienes querían oírme, entre ellos un alumno despierto. No sabía pero esta actividad me llevaría a reencontrarme con él.

Un sábado, a una hora tan absurda como lo que estaba a punto de pasar, esperaba a mi alumno para darle una clase acerca de cómo trabajar con metáforas oníricas. Me había llamado para decirme que estaba un poco demorado por lo que estaba esperándolo a la entrada del museo que usaría como salón de clases. Pensé en leer algo para aprovechar el tiempo pero no acabé de decidirme o justo había dejado el libro de turno. Sea como fuere me obligué a mirar hacia afuera en vez de crear una muralla invisible entre el mundo y yo. Y entonces el editor apareció.

En una de esas calles empinadas de La Candelaria vi a un hombre halando una maleta con rueditas, no por el andén sino por la calzada, aprovechando la ausencia de carros típica de esa hora. Lo miré indecisa y convencida. No podía ser y no había duda: tenía el pelo liso, entrecano y llevaba puestas unas gafas de marco rojo. Mi mirada fue tan intensa que logró despertar su curiosidad. Creo que me sonrió, al menos así lo recuerdo. Su sonrisa era leve, más de ojos que de labios, justo al revés de como sería luego, pero sí, parecía ser él. Más tarde cuando ya era un recuerdo tan diluido como un sueño le conté a mi alumno que lo había visto, tal vez para hacerlo real, para convencerme de que no había sido una escena etérea. Mi comentario le pareció divertido, pero lo que  de verdad quería saber era dónde podía reclamar una moneda igual a la que yo tenía en la mano, de una edición que conmemoraba el bicentenario de la independencia de Cartagena de Indias.

En la noche de ese día intenté confirmar si había alucinado de una forma muy vivida o si en realidad era él quien estaba en la ciudad. Busqué en internet hasta que caí en la página de facebook de su revista, allí se anunciaba que el día anterior había estado en un café regalando ejemplares a quien se le acercara diciendo el santo y seña. Sí, era él. Lo agregué como amigo sin mucha esperanza de que me aceptara, sabiendo que seguramente recibe a diario decenas de solicitudes como esa, pero de un modo que todavía encuentro inexplicable aceptó. Chateamos, le pregunté si me había visto esa mañana, respondió que sí, después le dije todas esas cosas de las que eres capaz cuando no estás viendo el rostro de la persona con la ¿hablas?. Dije que era una tonta, que tenía miedo, que me ponía nerviosa y que por todo eso no había podido hablarle. Respondió que todo eso era encantador, yo seguía sintiéndome tonta, miedosa, nerviosa y tenía rabia, el momento había pasado y no volvería.

Pasó otro año y yo estaba en una de esas situaciones en las que algún dios caprichoso me pone cuando quiere ver una comedia decente. Sin proponérmelo había logrado que un autor que escribe textos como los que él edita se interesara en mí. Creyendo con inocencia que sólo quería ser amigo mío ahora tenía que pensar en cómo terminar una situación incómoda en la que no sabía muy bien cómo me había metido, y así, cuando la incomodidad emocional me tallaba, la figura del editor reapareció.

Sabiendo que dentro de poco vendría a Bogotá lo saludé por chat y le dije que me gustaría ir a su próximo taller, sin embargo ya había decidido tomar unas clases de escalada. Intentó persuadirme para que cambiara de parecer, usó argumentos que sólo un intelectual delicioso puede usar, además los usó con la convicción que caracteriza a los hombres que mentalmente me llevan trece o más años. Mis dedos escribían no pero por dentro la humedad corría y quería decir sí. Sí, señor; sí, profesor; lo que usted diga, lo que usted ordene; tomo nota cuidadosa de sus deseos. Al final le dije no al muro de escalar y al pánico que siento de caer y romperme un hueso, al tiempo que le decía sí a asistir a las clases que él daría, en las que seguramente en más de una ocasión me comporté como la alumna de Indiana Jones que tiene escrito I love you en sus párpados.

La competencia para ganar su atención fue dura. El salón estaba lleno de demasiadas muchachitas queriendo acercársele y tocarlo accidentalmente cuando terminaba alguna sesión o llegaba el momento de hacer una pausa para tomar café. Yo, que odio a muerte la competencia, competí. No sabía cuándo volvería a la ciudad y ni yo ni mis ganas estábamos dispuestas a esperar el siguiente encuentro fortuito. Pensé bien cómo iba a marcar mi ventaja y me di cuenta de que todo era bastante obvio.

Así como en las películas pornográficas todo lo que ocurra con ropa puesta no es más que relleno y contenido que puede editarse en pro de la acción verdadera, cuando sabes que tienes poco tiempo con un hombre que te gusta, lo mejor es abordar el tema que te interesa tan pronto como sea posible, más cuando sabes que del otro lado hay resonancia.

En uno de los textos que debíamos enviarle para que revisara, actividad que hacía parte del taller, incluí la siguiente escena, que, claramente estaba fuera de lugar en un perfil acerca de un diseñador industrial muy reconocido:

Las imágenes que había creado en su mente por fin se hacían carne. Ahora tenía el cuerpo que tanto había deseado al frente. Desprendía calor incluso a través de la ropa y ella sentía que el tiempo que necesitaba para quitársela era un estorbo. Él pensaba distinto. Intercalando besos y olfateadas le recorrió las mejillas, la boca, las orejas y el cuello, luego se detuvo. Ignorando los movimientos de ella, con los que se quitaba la blusa, le sacó los pantalones y la ropa interior con dos movimientos rápidos y expertos. A él ya no le interesaba mirar, eso lo haría más tarde. Su objetivo era que ella se derramara, que no soportara tanto placer, tanta humedad, tanta precisión. Lo que él quería era que ella se rindiera completamente gracias a la magia de su lengua.

Después de sentir mucha ansiedad y de revisar la bandeja de entrada de mi correo excesivamente mi teléfono sonó. Me preguntó cuánto me demoraría en llegar a la dirección que me dio, media hora, le respondí, pide un taxi y cuando estés aquí llámame a este número, el timbre no sirve, ordenó. Como sierva obediente seguí sus instrucciones.

No me vestí de un modo especial, no me puse perfume, no busqué tacones que hicieran ver mis piernas más largas y firmes, tampoco revolví cajones buscando ropa interior traslúcida y con encaje, ¿para qué todo eso? Lo que necesitaba era plata para pagar el taxi, las llaves de mi casa e ir lo más pronto posible a usar las ganas que tenía encima.

Las escenas siguientes las recuerdo en desorden. Tal vez la calentura hizo que mi memoria funcionara de un modo extraño que interfirió con el modo en que se fijó el recuerdo. Él me sostiene por las caderas y yo me retuerzo. Pienso en que nos vendría bien que sonara una canción de bossanova. El sonido de la alarma de un carro intenta imitar un gemido. Ahora no encuentro mis calzones. Nunca imaginé que el olor del cigarrillo pudiera parecerme excitante, mucho menos que lo fuera a amarrar a uno de mis recuerdos más divertidos. Esto es sólo esto, dice él, yo lo callo con un beso para darle a entender que está todo bien, que acepto. Observo el color de su piel, acaricio la piel de uno de sus hombros y le pellizco el brazo para comprobar que no es un sueño lúcido. Él me mira, ya sin las gafas de marco rojo, sonríe. Miro su pene satisfecho y mi vulva sonríe. Lo beso. Siento en su saliva mi sabor. Me huelo los dedos. Trato de concentrarme en el tono café del sofá donde estamos acostados, quiero memorizarlo a pesar de mis ojos miopes.

Muchos meses más tarde vuelvo a enviarle un mensaje: Escribiré un cuento erótico acerca de aquella vez, dejando ver sin mostrar. Ambos sabemos que es otra maniobra para que siga estando interesado en mí, porque quiero que esas escenas se repitan cada vez que vuelva a la ciudad y yo esté aquí.

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