Verdades que las mujeres, por hipócritas, no les decimos a los hombres.

martes, 1 de septiembre de 2015

Cómo aprendí inglés

Cada tanto, cuando alguien me oye arrastrar sílabas y tartamudear en inglés, o cuando sabe que he estado socializando con algún extranjero me pregunta con curiosidad ¿cómo aprendiste inglés? Yo, con la simpatía que logro juntar, que no es mucha, respondo siempre lo mismo: leyendo revistas porque cuando era adolescente estaba enamorada de Leonardo DiCaprio, sin embargo hay una parte que no cuento, decido olvidarla o simplemente no quiero compartirla con todos, una más… ¿cómo decirlo? ¿más inusual?

La parte de la historia donde compro revistas en inglés para saber hasta de qué color son las paredes del cuarto de mi amor platónico es cierta. Llevándoles la contraria a todos los consejos que sugieren ahorrar para tener finanzas personales sanas, cuando recibía mi mesada iba religiosamente cada semana a gastarla en la Librería Nacional. Desde mi enamoramiento reciente había comprado todas las revistas en español que había podido encontrar con entrevistas y notas del rubio de ensueño, pero en algún momento el material se acabó.

Intrigada por lo que tenían para decir los periodistas de farándula del norte del continente miré con interés las revistas en inglés, pero había un problema, yo no leía en ese idioma. Está claro que la gana de saber más, el morbo puro y duro pudo más y terminé comprando primero una revista y después todas las que encontraba. En casa, con diccionario Inglés – Español a un lado y la revista deliciosa al otro traducía las palabras que no entendía, que eran casi todas, hasta que me enteraba de cómo su madre había elegido su nombre mientras estaba embarazada. Creo que algo tenía que ver con un museo que visitó estando en Florencia, ya no lo recuerdo, desde eso han pasado casi dos décadas.

Años más tarde, cuando el reto era otro, hablar, o mejor, escribir, y ya no sólo leer, encontré un compañero de estudio bastante particular. Corría la década del 2000 y chatear con desconocidos a través de Skype estaba de moda y yo, aunque sea un poquito, quería estar a la moda. Con una actitud crítica y soberbia, creyéndome mejor que mis contemporáneos me dije “Johanna, vamos a usar eso para algo útil” y lo útil, según yo era encontrar a alguien que tuviera el inglés como su lengua nativa. Entonces apareció el australiano.

No recuerdo cómo se llamaba, sólo que era de ese país. Nos saludamos, buscamos algún tema de conversación y comenzamos a chatear en forma. Yo me sentía grande, dichosa, competente porque era capaz de hilar algunas frases sin atropellar mucho la lengua de Shakespeare, además para el colmo de la alegría el australiano entendía lo que yo le escribía. Me sentí más cerca de la meta que me había propuesto: leer textos de mi carrera de corrido y sin consultar el diccionario cada cinco minutos. Los años que había perdido durante la primaria, en aquel colegio que adoré [adoro], pero en el que nunca recibí clases de inglés ya no importaban.

En cierto punto el hombre me pregunta algo inesperado:

–Do you like to inflict pain to others?

–What do you mean? I don’t know, I never thought about it.

–But if you do, would you like it?

–Mmm... Let me think… I like to think I have a really good imagination but I don’t know if it’s that what you mean.

–Let me give you an example, let’s suppose I ask you to take advantage of me, physically…
–Do you mean sexually?!?!

–No, no, no… Just wait, physically, like to make to me painful things.

–O.k. (La verdad no entendía mucho de qué hablaba ni en qué me estaba metiendo.)

–Let’s say that you are free to do whatever you want with me, but not sexually more about humiliate me.

–A-ha (Lo confieso, seguía sin entender mucho.)

–What would you do?

–Mmm, maybe tie your hands?

–Good, what else?

–Take a candle and pour hot wax all over you.

En este punto ya estaba muerta de la risa, risa nerviosa, risa confundida pero como no quería dejar a mi compañero de estudio le seguí el juego. Recuerdo, muy vagamente, que dije algo acerca de usar unos tacones muy altos y caminar sobre él mientras estaba tendido boca abajo en el suelo. Y sí, en la imaginación todo funciona perfectamente, yo sé andar en zapatos tacón puntilla sin doblarme los tobillos y uso tapetes humanos. O tal vez no.

Con el tiempo me aburrí de hablar siempre de este tema y un día se lo dije:

–You know what? I’m kind of bored of talking about this all the time.

–What do you mean? Don’t you enjoy our conversations?

–Yes, I do but I do this for learning, to practice my English not to play dominatrix with you.

–Wait. You aren’t so much in SM?

–No, why should I?

No sé qué respondió después, no sé si respondió, creo que se desconectó y nunca más supe nada de él. A veces pensaba en esta historia y en publicarla aquí pero siempre perdía el impulso, eso hasta que anoche, repasando el blog de Karley Sciortino encontré en Vice España este capítulo  de una serie que hizo. Morí de risa y decidí que quería contar la historia de mi compañero de estudio australiano y sumiso.

Viendo el video que mencioné arriba me enteré de que hay sumisos ricos que gozan cuando alguien se aprovecha económicamente de ellos, como a muchos les pasaría al saber una cosa así, el signo pesos apareció en mis ojos y pensé que aunque no disfruto al humillar físicamente a alguien quizás podría aprovecharme de él diciéndole que la plata que me da me la gasto con mi amante exquisito para luego, escribirle en detalle lo que hacemos y deshacemos. Bueno, me queda la duda ¿podría? ¿Me leerá algún sumiso que quiera gastar su plata en mis crónicas eróticas? Supongo que me quedaré con la duda.

No hay comentarios:

Publicar un comentario