Verdades que las mujeres, por hipócritas, no les decimos a los hombres.

sábado, 28 de junio de 2014

¿Puede un actor porno ser el amor platónico de una mujer?

En la pantalla, del computador o del celular, él hace volteretas, malabares con ella, nada demasiado rudo, nada demasiado guarro, apenas lo suficiente para que la actriz, delgada y peinada de modo impecable, sienta placer con la penetración al tiempo que se masturba, como lo revela un ángulo inteligente de la cámara. Ella, con ropa y otra actitud podría ser una ejecutiva exitosa de cualquier multinacional. Él podría ser mi vecino, el chico de al lado o el hermano de una amiga que no tengo, sea como fuere su desempeño en la cama es más llamativo que su rostro.

Pero hay algo más.

¿De qué se enamora una mujer cuando se enamora de un personaje famoso e inalcanzable? ¿De su voz? ¿De su rostro? ¿De su cuerpo? ¿Del personaje a quien interpreta? ¿De qué? Tan diversas como las formas humanas son las respuestas a estas preguntas.

Mientras una mujer se enamora de Brad Pitt porque es quien más se parece a la imagen que tiene en su cabeza del príncipe que besó a la bella durmiente, su cuento favorito de infancia, otra se muere, se derrite y se humedece cuando ve a Clive Owen en una escena erótica, ese hombre recuerda al profesor del colegio que tanto le gustaba y al que difícilmente podía mirar a los ojos. Entonces ¿por qué resultaría extraño pensar en un actor porno como un actor platónico?

Los amores platónicos surgen de la imagen ficticia e incompleta que tenemos de personajes públicos, de lo bien que se ven en una película o en un concierto, de lo ese aire sexy y descuidado que tienen en las fotos de las revistas de chismes, que aunque prometen secretos jugosos acerca de lo que hacen en privado no dejan de ser retazos que transmiten una imagen, una identidad distorsionada del actor o del cantante en cuestión. Al decidir quién es digno de nuestra atención, de nuestra admiración, de nuestro cariño y de nuestro deseo hacemos un pacto tácito y unilateral en el que aceptamos sus cualidades, negamos sus defectos y lo usamos para hacer realidad nuestras fantasías.

Una mujer puede elegir como amor platónico a un deportista para satisfacer, en su imaginación, la necesidad de tener a un compañero sexual con la vitalidad suficiente para hacer el amor durante horas y otra puede preferir a un músico porque lo adivina como el compañero de baile perfecto, así sólo lo haya visto tocando la guitarra. En este orden de ideas enamorarse platónicamente de un actor pornográfico parece razonable. Si una mujer, insatisfecha con el rumbo que lleva su vida sexual, ve una película en la que el protagonista jala el pelo, lame la vulva y chupa los dedos de los pies justo del modo en que a ella le gusta es muy probable que surja alguna conexión, una que quizás lleve a acciones que también se dan para expresar atracción hacia amores platónicos más “castos y limpios”.

Teniendo en cuenta que cada día es más común encontrar mujeres aceptando que ven pornografía no me extrañaría oír comentarios del tipo “quien fuera Stoya para acostarse con James Deen” o ver mujeres compartiendo enlaces de uno de los mejores videos que han visto en su vida. Al fin y al cabo los límites se mueven todos los días.

retrato de stoya y james deen semidesnudos
Stoya y James Deen


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