Verdades que las mujeres, por hipócritas, no les decimos a los hombres.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Llorona

Soy una llorona, me da vergüenza aceptarlo pero lo admito, soy de las que llora viendo series gringas, comedias románticas y hasta planeando vacaciones. Creo que para mí llorar es un placer culposo.

No se trata de que busque activamente motivos para llorar, a diario intento sacar lo mejor de lo que la vida pone en mi plato, sin embargo no puedo negar que las endorfinas que llegan después de una buena llorada se sienten rico. Tampoco niego que derramar unas lagrimitas, escasas, deja una hinchazón simpática en la cara; el efecto es como el de un maquillaje sutil y cautivador. Lo que sí niego, y con rotundidad, es que me guste llorar para ganar algo, como herramienta de manipulación, eso lo encuentro estúpido, burdo e inmaduro, por eso cuando elijo llorar lo hago en privado, cuando me siento a salvo de miradas odiadoras, esas que se regocijan con el sufrimiento ajeno. Decido abrirle la llave a mis lágrimas cuando me siento segura, contenida, si estoy acompañada, o cuando la felicidad de una primera vez me sobrecoge, por ejemplo cuando la vida me presenta a una laguna majestuosa o cuando por fin puedo recorrer con mis pasos una ciudad enorme que llevo años deseando visitar.

En definitiva me gustan las lágrimas porque son expresión de vida, a veces incluso de placer, porque me recuerdan que todavía siento, que la anestesia del consumismo y de la tecnología no ha terminado de socavar lo que hay de animal en mí. Las lágrimas me recuerdan que, quizás, todavía soy humana.