Verdades que las mujeres, por hipócritas, no les decimos a los hombres.

sábado, 30 de junio de 2012

Hombres que sepan sumar


Gary Stewart

Desde que nos vendieron el cuento de que los treinta son los nuevos veinte y los cuarenta los nuevos treinta muchos han dejado para más tarde lo que parecía tener momentos fijos, así los hombres son cada vez más adolescentes con barba y tres consolas distintas de videojuegos, mientras las mujeres que a los cuarenta descubren que quieren ser mamás le hacen zancadilla a la adopción con ayuda de un especialista en fertilidad.

Quizás lo más fácil sea culpar a los empresarios que siguen los mandamientos del Dios Competitividad (ofrecen más por menos: más horas de trabajo por menos beneficios económicos) de la reticencia que enorgullece a tantos tipos a la hora de asumir compromisos, pero también podríamos achacársela a las jornadas largas de trabajo que parieron a los hijos de los 70’, los 80’ y los 90’ que, niñera televisiva mediante, olvidaron enseñar o lo hicieron sólo por los laditos, que al multiplicarse las opciones también lo hacía la responsabilidad.

Hace cincuenta o sesenta años la gente tenía alternativas escasas a la hora de buscar trabajo y era lo mismo con la pareja. La familia que tenía plata para educar a sus hijos esperaba que su prole siguiera la tradición generacional, así se creaban las empresas Martínez e hijos y se bautizaba a los vástagos con números, Carlos III o con tocayismos deformados, Pedro junior. En las casas donde los recursos eran menos abundantes y las necesidades más marcadas con que los retoños aprendieran un oficio y dejaran el nido pronto era más que suficiente. Estos cuadros son bien distintos del panorama presente.

En esta época que vivimos los campos producen, gracias a la tecnología transgénica, comida hasta para botar y negársela a los desnutridos, al tiempo que las multinacionales pagan billonadas para que la publicidad repita todos los días que el mundo es de los jóvenes bellos recordando, con las misma frecuencia, que a los ancianos hay que cremarlos lo antes posible. Frente a estos mensajes poco pueden hacer los project managers, los analistas de producción, los analistas de sistemas, los asesores de inversión, los especialistas en comunicación política y estratégica, y ni qué decir de los abogados especializados en patentes; bastante tiempo estuvieron con el culo en una silla y los dedos pegados a un teclado, en muchos casos más de cinco años, como para gastar la poca juventud que les queda follando durante media vida con una sola mujer, pagando una hipoteca y criando hijos los próximos veinticinco años.

El mensaje que se entrega con modelos de risa perfecta, fotografías retocadas y tipografía impecable es claro y contundente: antes muerto que viejo, así los hombres adultos contemporáneos ─una etapa que no se sabe bien a qué edad termina─ que se autodenominan profesionales exitosos se aferran a los juguetes y a las actividades que los definen, a todos los elementos que mientras estén presentes los mantendrán a una distancia segura de los escenarios horrorosos donde las relaciones estables, los hijos y los carritos de supermercado componen el conjunto de imágenes frecuentes.

Y entonces ¿a las mujeres qué nos queda?

Sin importar si el reloj biológico nos nubla o no el juicio racional el porvenir luce complicado. Construir una vida junto a alguien que está más preocupado por los avances que se harán en [inserte aquí el nombre de un videojuego muy popular] que en avanzar como ser humano no es una opción sensata, incluso si las bases de esa vida femenina giran en torno a viajes emocionantes o al adquirir destreza en la práctica de un deporte extremo, porque siendo realista ¿un tipo al que le crece la panza mientras cambia de consola y tiene sexo mediocre con una veintena de mujeres al año es el mismo con el que una se quiere ir de safari al África?

Acá el punto no es acerca de cambiar pañales o cambiar el carro cada año, todo se trata de elegir a un compañero de vivencias que sepa sumar a través de lo que ha experimentado, por ejemplo de mochilero o haciendo trabajo voluntario en la India, se trata de un hombre total y no de estar junto a un niñito asustado que se adaptó al mundo sin cuestionarlo.

Las mujeres grandes, grandes de formas diversas, las mujeres jedi, somos expertas en ignorar al tipo que se cree gran cosa mientras tiene cupo en la tarjeta de crédito para pagar el trago que emborrachará a su próximo polvo. Nosotras podemos ser expertas jugando Need for Speed o escalando, pero eso no nos hace apreciar más al que gasta toda su energía eludiendo el paso del tiempo en vez de hacerse amigo de él, pues ya sabemos que perdió la guerra desde el comienzo.

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