Verdades que las mujeres, por hipócritas, no les decimos a los hombres.

viernes, 23 de marzo de 2012

Una cita que no era cita


A veces, en tardes de fría distracción una mujer recibe una llamada para tomar café con un extraño, a veces esas circunstancias te sorprenden con una mala cita cuando creías haber llenado un espacio de tu agenda con un encuentro improvisado.

Ese día no me vestí buscando seducir a alguien, simplemente me cubrí con ropa limpia y cómoda para ir a trabajar, tampoco esperaba impaciente una llamada esquiva, ni un DM, ni un mensaje público en mi muro de facebook, en ese momento no había nadie que me gustara, ningún hombre a quien viera como una posibilidad real, por lo tanto su llamada me sorprendió.

Recientemente había pasado una época de vacaciones y antes de que comenzara, Jaime me había llamado para contarme que viajaría y decirme que a su regreso me buscaría. Las semanas pasaron y yo, tan metida como siempre en fantasías gastronómicas y turísticas, no me di cuenta de que ya era momento de su regreso. Una tarde me llamó para ponerse de acuerdo conmigo en la fecha, el lugar y la hora en que podríamos vernos para hablar un rato. Le propuse que fuera en una cafetería tradicional pero con onda que queda en el centro, él, un poco sorprendido y con voz risueña, aceptó. 

El día del encuentro, tan esperado como el de ir a hacer mercado, salí de la oficina hacia allá con demasiado tiempo, detalle que sólo noté cuando iba en camino. Lo llamé para avisarle que iba a llegar media hora antes, preguntando si él podría adelantarse también pero sabiendo que sería poco probable dada la poca antelación con la que le estaba haciendo. Jaime confirmó mis pronósticos y ahí comenzó su angustia. Entre las preguntas que hizo una o más veces estaban: ¿Estás segura de que no quieres que cambiemos la cita para que no tengas que esperarme? ¿De veras no te molesta esperarme? ¿Quieres ir a hacer algo en otro lado para que no llegues tan temprano y luego yo te espero a ti? 

Como casi siempre tengo la precaución de llevar material de lectura, por si tengo que esperar algo o a alguien, no me preocupó el tener un rato para mí antes de que llegara. Una de las, muchas, cosas buenas que tiene la cafetería que había elegido es que puedes sentarte a leer o escribir sin que los meseros te acosen con directas e indirectas, dejándote muy claro, que una mesa ocupada sin cuenta abierta es una desgracia para el dueño del negocio. 

Apenas llegué me antojé de escribir y no de leer. Saqué la libreta y el bolígrafo que llevaba ese día y comencé el borrador de una carta. En mente tenía a un amigo que nunca he visto y que tampoco sé cómo huele pero a quien algún día, cuando esté en su país quiero conocer. En ese estado mental imaginativo me encontró Jaime.

Tras un par de llamadas, diciéndome que para colmo se le había hecho tarde y por lo mismo había cogido un taxi, al que le rindió menos que recorrer el mismo tramo a pie, llegó luego de la hora acordada, más o menos cincuenta minutos después de que yo comenzara mi labor. Se disculpó copiosamente y dio inicio a su siguiente acto.

Estirando tanto como podía su cuello, clavándole una mirada incómoda a todos los meseros y todas las meseras que pasaban de largo en la hora pico del lugar, intercalaba frases como “quiero que nos atiendan pronto”, “quiero que te traigan algo de tomar” y “quiero un sándwich caliente de queso”, entretanto yo… yo lo veía y no sabía qué era lo que debía sentir frente a su comportamiento.

Un rato después, que a él le debió parecer eterno, porque lo cerró con la expresión “¡hasta que por fin!”, logró la atención de una mujer llena de paciencia. Le dijo que yo quería un té en agua con un cheesecake y para él pidió un sándwich caliente de queso con pan integral, ramarcándole que si no lo traía así, con pan integral, lo devolvería y que la gaseosa debía ser una Coca-Cola Zero y no Light, ah y también le recordó que debía traerle cubiertos. ¿Qué hace uno ante esa escena? Aún me lo pregunto.

Intenté seguir la conversación. Me contó que había tomado clases de saxofón pero que al final se había dado cuenta de que prefería otra profesión: la ciencia política. No osé decir lo que piensa la mayoría, al menos la pensante, que los políticos tendrían que ser una especie en vía de extinción y que mientras haya pobres habrá puestos comprados, decidí quedarme callada mientras pensaba a qué otros lugares llevar la charla.

Le pregunté si había viajado a algún lugar y respondió “a Turquía, allá probé los kebabs”, entonces me emocioné creyendo que estaba por comenzar una historia interesante, sin embargo remató con “pero nada que ver con el ajíaco, es lo mejor, cada vez que sé de un extranjero que viene a Bogotá le recomiendo un restaurante donde sirven uno buenísimo”. Por decencia le pregunté más, también me gusta el ajíaco, luego terminé de comer y dije que quería irme a dormir temprano. Él también se excusó por no poder seguir conmigo esa noche por algún compromiso que había arreglado con anterioridad, se disculpó otra vez por haber llegado tarde y repitió su rutina de cacería con la mesera. Alisté la plata para pagar mi parte y él con incomodidad la recibió.

Al supuesto Jaime, capaz de recitar de memoria versos de Federico García Lorca, sólo lo vi cuando quiso saber de qué se trataba la revista Orsai. El resto del tiempo fue un tipo de mi edad jugando a parecer más maduro que yo.

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