Verdades que las mujeres, por hipócritas, no les decimos a los hombres.

domingo, 12 de febrero de 2012

Ejemplo #845


A veces está bien tomarse a sí misma como punto de referencia de los defectos o, para decirlo menos feo, de las encantadoras manías femeninas.

El siguiente relato ilustra cómo funciona la mente de una mujer cuando se lleva dejar por el impulso oniomaníaco, más conocido como “el demonio de las compras compulsivas”:

Por trabajo debo leer completa una revista, no de modas, no de chismes, sino de tendencias arquitectónicas y artículos más bien técnicos. Decido que una forma de hacerme más amena la lectura incluye el uso de Post-it’s con algún diseño lindo; me voy a OfficeDepot “porque tiene cosas más lindas que Panamericana” y compro estos:


Pero la adquisición no ha sido al estilo cazador ─entrar, buscar, encontrar, pagar, salir─ sino parecida a merodear en el bosque imitando a Caperucita Roja. Durante el paseo entre góndolas llenas de cuadernos, bolígrafos, rotuladores y lápices de colores deslumbrantes he caído en las garras de una bruja…

Durante varios días, menos de una semana, he intentado convencerme a mí misma de que no la necesito, de que es cara, de que quién sabe cuándo la usaré, sin embargo, he averiguado acerca de su historia, el público objetivo al que está dirigida ─hasta siete años menos de los que tengo─, que comenzó en 1989, de su filosofía que pretende enseñar valores y del país que inspira el diseño actual: Rusia. Uso también el argumento de “es muy cara y ya vengo teniendo un montón de gastos ineludibles, realmente necesarios” y entonces ayer me bajé un par de estaciones antes, caminé hasta la papelería y la compré. Además me llevé un trío de micropuntas de colores.

Estuve algo así como quince minutos eligiendo entre las cuatro variedades posibles, externamente eran distintas, por dentro iguales, después verifiqué que tuviera plata suficiente para pagar mis caprichos y entre contenta y resignada me dirigí a la caja. Allí resistí el impulso de decir que el precio que había visto era otro ─más alto─, pero al sentir que la vida me premiaba y que en realidad los rotuladores me salían casi regalados, hice un esfuerzo para estar callada y pagué. Era claro que con el pasar de los días Pascualina ya no era tan cool y por eso costaba menos.

Ya saben que no hablo de ropa, ni de zapatos, sin embargo el proceso es MUY parecido. He aquí mi placer culposo.


Lo siento lector, a veces no tengo explicaciones para los acciones de las mujeres, sólo confesiones vergonzosas.

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