Verdades que las mujeres, por hipócritas, no les decimos a los hombres.

martes, 31 de mayo de 2011

Mis piernas están cerradas para ti


Las mejores fiestas son las privadas, esas que sólo tiene dos invitados, mas para llegar a ellas hay que pasar por citas exitosas, al menos medianamente, o sea ninguna como esta o las 3 siguientes.

Hace 15 ó 16 años, no lo sé con exactitud, me animé a romper una de mis reglas de supervivencia: no dejarme abordar por extraños.

El fulano me llevaba al menos 12 años. Tras preguntarme, vacilando, cómo me llamaba me pidió que me demorara, que no subiera al siguiente bus que podía llevarme a mi destino. Accedí, con reticencia, y minutos más tarde le di mi número de teléfono.

Su invitación a salir me valió un llamado de atención asincrónico y estéreo. Mi mamá y mi papá, cada uno por su lado, me advirtieron acerca de “los grandes peligros que representa el acto de darle el número de teléfono a gente que se conoce en la calle”. Respondí, alcé los hombros y el fin de semana siguiente salí con él.

Las imágenes se hacen borrosas cuando intento recordar dónde nos encontramos. La línea temporal comienza en una panadería - primer error - a la que me llevó caminando por falta de plata abiertamente declarada - segundo error -, mientras bebemos dos cafés que ayudé a pagar - tercer error - y yo escucho su trágico rompimiento con su última novia -¿necesito decir cuarto error?-.

Evitaré insultar su inteligencia señalando cada uno de los fallos de este personaje, a quien llamaré Juan Carlos, para que de modo similar al juego de encontrar diferencias entre dos ilustraciones aparentemente idénticas, usted se encargue del resto.

Juan Carlos, no contento contarme un recuento fidedigno de su despecho incipiente, me pronosticó como pareja ideal a un filósofo - él era periodista o eso decía - usando el argumento de que era muy compleja. Más tarde, cuando ya le había dicho que el son cubano me resultaba depresivo, prometió enseñarme a bailarlo en un futuro cercano.

Horas más tarde, porque en esa época era más ingenua, compartí mi fondo para emergencias con él pagando el pasaje de vuelta a nuestras respectivas casas.

Las amigas que tenía en ese entonces, que curiosas preguntaban si estaría dispuesta a perder mi virginidad con él, se tomaron muy en serio el “quizás” que por respuesta les solté. Supongo que gracias a ellas los Juan Carlos del mundo siguen teniendo con quien salir las noches de sábado.

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