Verdades que las mujeres, por hipócritas, no les decimos a los hombres.

sábado, 19 de marzo de 2011

La dimensión desconocida de las pijamadas

La costumbre femenina de reunirse en las noches en una casa para hacer no se sabe bien qué tiene todos los elementos necesarios para despertar la curiosidad de algunos hombres, sin embargo la realidad puede ser muy decepcionante.

Es frecuente que los tipos se imaginen experimentos lésbicos al relatárseles que un par de viejas pasaron la noche juntas en una cama; lo hacen con la misma velocidad que nosotras somos capaces de ver un futuro completo al lado del hombre que nos gusta, cuando sólo nos ha dicho “mucho gusto, Armando”.

Cualquier época es buena para una pijamada

Ver tantas películas gringas tal vez le haya hecho creer que las pijamadas sólo hacen parte de la vida de las mujeres durante un breve lapso, mas no es así. Los grupos que se reúnen para hablar de sus vidas no tienen limitaciones de edad, aunque sí de afinidades, por eso no es habitual que las viejas preocupadas por los tratamientos de belleza se junten con las que se derriten por la literatura.

Decidir cuándo se realizará un evento de estos no depende tanto de ese numerito que le gusta consultar en el tablero de su reloj, sino de fluctuaciones emocionales importantes. Las llamadas comienzan a hacerse cuando se sabe de la llegada al país de una amiga largamente expatriada, al aparecer un cortísimo sms en el que se lee “Ricardo y yo ya no estamos juntos” o un escueto “Conocí a alguien.”; creer sin embargo que todas las pijamadas se preparan con antelación es un error. Es más corriente que las salidas de sólo mujeres terminen en encuentros improvisados en el hogar de una de ellas que en bares de streaptease

La comida, elemento importante

El helado, los chocolates, las galletas, los postres, el trago y las bebidas calientes pueden encontrarse en las pijamadas de las mujeres, que a veces se sientan a ver, aunque no a escuchar una película, porque la vida real siempre es más interesante e importante.

En torno a los alimentos se entrelazan hebras cadentes, flexibles y difíciles de seguir, justo como las conversaciones femeninas, que muchas veces tienen como propósito ayudarnos a madurar. El acto de hablar no sólo nos permite liberar endorfinas sino que nos ubica en posiciones nuevas con relación a situaciones difíciles, dándonos herramientas extra para manejarlas.

Pijamadas, la versión contemporánea de los costureros de las abuelas

Es cierto que en los días que vivimos es poco frecuente que un grupo de mujeres se reúna para tejer la clásica secuencia “punto-cadeneta-chisme”, en parte porque más de una pretende igualar a los machos bebiendo cocteles dulzones con sus amigas hasta olvidar su nombre, pero también hay otras razones. Hoy en día el trabajo manual se considera marginal porque perdió su valor reflexivo y artesanal, se ha transformado en una tarea despreciada.

Si bien en las pijamadas prevalecen los productos comprados en el supermercado, y rara vez alguna asistente prueba a ver cómo les sale la receta del postre de tres leches, sí se hacen tarea manuales que incluyen la magia a algún nivel. Las mujeres más jóvenes o más tímidas o más ignorantes juegan con tijeras amarradas a cuadernos y con tablas ouijas hechas de papel, entretanto las más viejas o más atrevidas o más sabias practican la lectura del cuncho del chocolate, las hojas del té, las runas y, por supuesto, las cartas del tarot.

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Confesiones postorgásmicas

La creencia de que en los costureros contemporáneos se descubren secretos que los hombres cuentan a las mujeres en sus momentos postorgásmicos es cierta. Para nosotras no es extraño presenciar episodios en los que tenemos la posibilidad de escuchar a dos o más mujeres relatando menús sexuales y animándose a reunirse una próxima vez, para intercambiar impresiones acerca de sus experiencias con técnicas eyaculatorias que antes desconocían.

Las putas de la competencia

Es vergonzoso pero cierto: cuando un grupo de viejas se reúne a hablar, tarde o temprano surge el tema de aquellas que “seguro se acostaron con alguien para estar donde están, porque a punta de puro mérito no iban a lograrlo”.

Las pijamadas hacen parte de los variados escenarios en los que se evidencia la eterna competencia entre mujeres, que difícilmente podrá ser resuelta de algún modo racional o a los golpes, como a veces deciden hacerlo usted o sus amigos.

Quizás nuestro comportamiento se deba a la sensación xenofóbica que experimentamos cuando una “tribu” diferente a la nuestra saca provecho de recursos –empleos, oportunidades, salarios, atención masculina…– que podrían beneficiarnos.


La próxima vez que escuche a un grupo de mujeres hablando de una reunión sin hombres recuerde que mientras usted imagina media hora de una producción pornográfica de presupuesto moderado, ellas se preparan para improvisar conjuros mágicos, descuartizar con palabras a sus congéneres, tomar notas acerca de prácticas sexuales, medir tamaños y establecer usos de los corazones masculinos.

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