Verdades que las mujeres, por hipócritas, no les decimos a los hombres.

jueves, 31 de marzo de 2011

Del primer año y hombres con mentes sexuales

Hoy es el último día del mes en que se cumple un año desde la creación de este blog. Ya hay quienes deben saber que no celebro con exactitud ni ruido, por eso decidí escribir una entrada, a petición de uno de los lectores, para marcar el cierre de un ciclo.

Los lectores, incluido el “acosador” número uno de este blog, han gastado un poco de su tiempo leyendo una serie de textos que en conjuntos me sirvieron para entender las bitácoras temáticas, para divertirme y hasta para encontrar trabajo que pagara deudas. Gracias a todas y a todos, porque aunque cuando escribo pienso como si le fuese a hablar a hombres, más de una mujer ha pasado por acá para chismosear u opinar.

Ahora la entrada.



Cada vez que se reúne un grupo de mujeres en algún momento se toca el tema de los hombres. Solteras o emparejadas separan un poco de su tiempo para rajar del sexo opuesto, breve o largamente, intentando reducir la brecha que hay entre géneros y sacarle provecho a los encuentros entre ambos. En estas conversaciones suele decirse, en algún punto “los tipos siempre están pensando en sexo”, pero ¿por qué?
Recuerdo una escena deplorable que tuve que vivir cuando tenía entre 11 y 13 años. El solo hecho de que no sea capaz de fijar con exactitud el momento en que ocurrió prueba que no me traumatizó y que la memoria es un ente maleable. 

Estaba en el colegio y a mi curso lo habían llevado a ver una película en un salón dedicado a tales fines, me parece que por enésima vez nos hacían ver Jurassic Park. En cualquier escena, que había perdido el atractivo a fuerza de repeticiones, elegí distraerme y hacer vagar mi mirada entre mis compañeros. Miré hacia atrás para ver qué hacían los demás y allí estaba él, acostado boca abajo con las manos debajo de él a la altura de su pelvis, en uno de los escalones de más arriba, lejos de la primera línea de muchachitas y muchachitos más abajo, moviéndose de forma rítmica. No necesitaba haber visto antes a alguien en tal actividad para saber lo que hacía.

Quizás por ese recuerdo es que yo también creo que los hombres siempre piensan en sexo.

En cierta etapa del desarrollo femenino, y no me estoy refiriendo a la primera menstruación, nos encontramos de frente o por relatos con una escena similar, una en la que se hace evidente que mientras nosotras soñamos con ser arquitectas o cirujanas, ustedes piensan en ser astronautas o bomberos asediados por mujeres.

La evolución programó a los machos para fertilizar a varias hembras, pauta que los hizo propensos a pensar en el apareamiento de forma constante, allí puede estar una de las explicaciones. Nosotras creemos que como la naturaleza los construyó para poder follar cada vez que una potencial pareja entra en celo, sus cerebros siguieron la tendencia, por eso piensan en tirar todo el día.

La explicación anterior es muy de mujer jedi, pero ya sabemos que no todas son así, por suerte. Veamos otra que apliqué para otro tipo de viejas.

Usted quiere quedar bien con una amiga a la que se le dañó el computador y tiene que enviar un archivo urgente, entonces le ofrece usar el suyo. Cuando ella abre el explorador de Internet encuentra entre sus enlaces favoritos varios que llevan a páginas pornográficas, a lo que sigue un atajo mental en el que ella lo declara depravado sexual.

Sospecho que el tema no se trata de que los hombres siempre estén pensando en sexo, ni mucho menos que se trate de que tienen más ganas todo el tiempo; al menos en las culturas latinas creo que es un asunto de educación. El doble esquema hace que mientras los tipos crecen se les anima a explorar su sexualidad; a nosotras, en cambio, nos preparan para ser recatadas y sumisas. No se trata de que a las mujeres les interese menos el sexo, se trata de que nos enseñaron a mantener la mayor parte de nuestra intimidad en privado. Más tarde, cuando podemos decidir si hablamos o no del tema, arrastramos los hábitos que nos inculcaron de más jóvenes.

En las reuniones femeninas, formales o informales, suele haber un punto en el que se habla de toallas higiénicas, tampones, ropa interior y métodos anticonceptivos. Con los años estas conversaciones han cambiado de tono, aumentando el número de detalles y disminuyendo el rubor natural en las mejillas de las participantes, sin embargo siguen siendo espacios, mal o bien, prohibidos para hombres.

La tendencia conservadora de perpetuar las diferencias entre hombres y mujeres, cubriendo muchos aspectos de la naturaleza femenina con un velo de misterio se presta para confusiones y distorsiones, es por eso, entre otras razones, que me gusta contarles a los hombres lo que pasa entre nosotras en su ausencia. Es claro que para ustedes los estímulos visuales son más efectivos a la hora de excitarlos, mientras que a nosotras nos calienta más una voz linda que habla de temas interesantes, de allí, en parte que la pornografía destinada a nosotras tenga más casos de fracaso que de éxito, entonces, si hay más pornografía para hombres que para mujeres, ¿no es obvio que la cantidad de conversaciones que giran en torno a este tema sean proporcionales?

La respuesta a la pregunta no es fácil, no es definitiva. Este es un intento vago por responderla, sin embargo creo que puede arrojar algunas luces sobre las dudas. Quizás sólo sea un tema de que los hombres siempre han hablado abiertamente acerca de todas las viejas que los comieron – porque ustedes son los comidos, acéptenlo -, sin importar si eran reales o imaginarias, mientras nosotras seguimos los designios de la naturaleza o los de una cultura que nos convirtió en damas sin memoria… al menos delante de los caballeros.

sábado, 19 de marzo de 2011

La dimensión desconocida de las pijamadas

La costumbre femenina de reunirse en las noches en una casa para hacer no se sabe bien qué tiene todos los elementos necesarios para despertar la curiosidad de algunos hombres, sin embargo la realidad puede ser muy decepcionante.

Es frecuente que los tipos se imaginen experimentos lésbicos al relatárseles que un par de viejas pasaron la noche juntas en una cama; lo hacen con la misma velocidad que nosotras somos capaces de ver un futuro completo al lado del hombre que nos gusta, cuando sólo nos ha dicho “mucho gusto, Armando”.

Cualquier época es buena para una pijamada

Ver tantas películas gringas tal vez le haya hecho creer que las pijamadas sólo hacen parte de la vida de las mujeres durante un breve lapso, mas no es así. Los grupos que se reúnen para hablar de sus vidas no tienen limitaciones de edad, aunque sí de afinidades, por eso no es habitual que las viejas preocupadas por los tratamientos de belleza se junten con las que se derriten por la literatura.

Decidir cuándo se realizará un evento de estos no depende tanto de ese numerito que le gusta consultar en el tablero de su reloj, sino de fluctuaciones emocionales importantes. Las llamadas comienzan a hacerse cuando se sabe de la llegada al país de una amiga largamente expatriada, al aparecer un cortísimo sms en el que se lee “Ricardo y yo ya no estamos juntos” o un escueto “Conocí a alguien.”; creer sin embargo que todas las pijamadas se preparan con antelación es un error. Es más corriente que las salidas de sólo mujeres terminen en encuentros improvisados en el hogar de una de ellas que en bares de streaptease

La comida, elemento importante

El helado, los chocolates, las galletas, los postres, el trago y las bebidas calientes pueden encontrarse en las pijamadas de las mujeres, que a veces se sientan a ver, aunque no a escuchar una película, porque la vida real siempre es más interesante e importante.

En torno a los alimentos se entrelazan hebras cadentes, flexibles y difíciles de seguir, justo como las conversaciones femeninas, que muchas veces tienen como propósito ayudarnos a madurar. El acto de hablar no sólo nos permite liberar endorfinas sino que nos ubica en posiciones nuevas con relación a situaciones difíciles, dándonos herramientas extra para manejarlas.

Pijamadas, la versión contemporánea de los costureros de las abuelas

Es cierto que en los días que vivimos es poco frecuente que un grupo de mujeres se reúna para tejer la clásica secuencia “punto-cadeneta-chisme”, en parte porque más de una pretende igualar a los machos bebiendo cocteles dulzones con sus amigas hasta olvidar su nombre, pero también hay otras razones. Hoy en día el trabajo manual se considera marginal porque perdió su valor reflexivo y artesanal, se ha transformado en una tarea despreciada.

Si bien en las pijamadas prevalecen los productos comprados en el supermercado, y rara vez alguna asistente prueba a ver cómo les sale la receta del postre de tres leches, sí se hacen tarea manuales que incluyen la magia a algún nivel. Las mujeres más jóvenes o más tímidas o más ignorantes juegan con tijeras amarradas a cuadernos y con tablas ouijas hechas de papel, entretanto las más viejas o más atrevidas o más sabias practican la lectura del cuncho del chocolate, las hojas del té, las runas y, por supuesto, las cartas del tarot.

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Confesiones postorgásmicas

La creencia de que en los costureros contemporáneos se descubren secretos que los hombres cuentan a las mujeres en sus momentos postorgásmicos es cierta. Para nosotras no es extraño presenciar episodios en los que tenemos la posibilidad de escuchar a dos o más mujeres relatando menús sexuales y animándose a reunirse una próxima vez, para intercambiar impresiones acerca de sus experiencias con técnicas eyaculatorias que antes desconocían.

Las putas de la competencia

Es vergonzoso pero cierto: cuando un grupo de viejas se reúne a hablar, tarde o temprano surge el tema de aquellas que “seguro se acostaron con alguien para estar donde están, porque a punta de puro mérito no iban a lograrlo”.

Las pijamadas hacen parte de los variados escenarios en los que se evidencia la eterna competencia entre mujeres, que difícilmente podrá ser resuelta de algún modo racional o a los golpes, como a veces deciden hacerlo usted o sus amigos.

Quizás nuestro comportamiento se deba a la sensación xenofóbica que experimentamos cuando una “tribu” diferente a la nuestra saca provecho de recursos –empleos, oportunidades, salarios, atención masculina…– que podrían beneficiarnos.


La próxima vez que escuche a un grupo de mujeres hablando de una reunión sin hombres recuerde que mientras usted imagina media hora de una producción pornográfica de presupuesto moderado, ellas se preparan para improvisar conjuros mágicos, descuartizar con palabras a sus congéneres, tomar notas acerca de prácticas sexuales, medir tamaños y establecer usos de los corazones masculinos.