Verdades que las mujeres, por hipócritas, no les decimos a los hombres.

jueves, 10 de febrero de 2011

Isabel y el cibersexo

Hace mucho que Isabel dejó de ser una virgen de 15 años, por eso sus fantasías no tienen nada que ver con penetraciones.

El apodo que usa en el grupo virtual “Exploradores sexuales” es Cleopatra, así, sólo, sin el 54 al final que la amarra a otros lugares. Se registró en el 2007 siendo una mujer emparejada con un hombre al que espiaba cuando veía pornografía. Ella nunca le ocultó su gusto por imágenes de ese tipo pero él, que toda su vida se había estrellado con mujeres que ponían gesto de asco cada vez que les insinuaba la posibilidad de ver una película de esas juntos, decidió ocultar su afición al cine rojo para evitar silencios desagradables y mejorar la expectativa de vida de su relación.

Isabel descubrió esa parte de Ricardo por un accidente intencional.

Entretanto ella terminaba de bañarse tarde en domingo, sonó el timbre avisando la llegada del almuerzo. Ella le pidió que abriera; él luego de emitir un gruñido corto se levantó de su silla y fue hasta la puerta. Aprovechando la transacción  Isabel se asomó a la pantalla de su computador para ver qué mantenía tan entretenido a Ricardo. Se encontró con una pareja que lo hacía en posición de cuchara de modo expresivo pero silencioso. En cuanto sintió que la puerta se cerraba regresó al baño para fingir que se secaba el pelo con la toalla.

Una hora más tarde, cuando Ricardo se chupaba los dedos y saboreaba el postre, Isabel apagó el televisor sin avisar, luego lo miró con esa expresión que él ya entendía.

Cuando había pasado el brevísimo cunnilingus y ella había sentido la acostumbrada mezcla entre desespero y rabia, porque Ricardo aún no aprendía a dejarla llevar el ritmo, insistiendo en hundirla  entre las piernas de él; llegó el momento de recibirlo dentro de ella. En un tono distinto al acostumbrado Isabel le dijo “ levántate del sofá” y luego se acostó dándole la cara al respaldo, entonces le dijo “métemelo así, quiero darte la espalda”. Él primero sintió vacío en el estómago, la posición era la misma que había visto antes de almorzar, empero hasta ahí le llegó el impulso racional, la presión que sentía entre las ingles era muy fuerte y no lo iba a dejar con las ganas de liberarla. Adoptó la postura, embistió y estalló rápidamente, en el momento en que Isabel apenas subía la colina moviendo sus dedos índice y corazón entre sus labios verticales. Ahí le pidió que se detuviera pero sin salir, así ella podría mantener su atención fija en cómo se hinchaba por dentro hasta también reventar.

Esa vez el silencio post-sexo fue más sólido. Ricardo no preguntó por la casualidad y tampoco Isabel usó sus palabras para hacer reclamos; en ese momento decidió darle el espacio necesario para elegir películas y escenas nuevas. Ella sabía que si lo dejaba explorar libremente se daba a sí misma la ocasión de husmear y excitarse para luego buscar satisfacción a solas.

Las escenas siguientes, según las recuerda Isabel fueron divertidas en su mayoría, sin embargo el protocolo de Ricardo, que insistía en darle un cortísimo lengüetazo a su clítoris, para luego hacerle ojitos y ponerle la cabeza sobre su entrepierna la mantenía insatisfecha, al tiempo que cultivaba su frustración.

Otro domingo, en el que se había negado a jugar a la novia accesorio en un brunch con la familia de Ricardo, Isabel se quedó revisando el historial de su navegador de Internet, esperando encontrar alguno de esos sitios que le daban ideas para poner en práctica sola o en compañía. Tal vez era una pérdida de tiempo, seguramente él se aseguraba de borrar todas las huellas de su actividad al terminar cada sesión, pero igual podía intentar.

Llevando la barra lateral hasta el final encontró una fecha que parecía muy lejana, dió clic y ahí estaba, el nombre no era ambiguo, clic otra vez y ya estaba en las escenas iniciales de un video que había encontrado a la mitad una noche en la que él salió a fumarse un cigarrillo. Se acomodó en la silla, amplió el video hasta que ocupó todo el monitor, lo vió, se mojó, se tocó, gimió y se vino. Quedó con ganas de más, pensó en llamarlo y después se arrepintió. 
Alegre de tener un portátil y no un computador de escritorio, se abotonó el jean, desconectó el aparato y se lo llevó a su cama; lo acomodó en el lado de Ricardo.

Exploró las opciones que le sugería el menú que aparecía debajo del video y eligió la imagen de una mujer que era masturbada por una mano anónima. Siempre había deseado que un amante la tocara hasta llegar; todos los de su pasado estuvieron más interesados en tocarse con lo que tenían a su alcance, ella incluida.

La calidad del video era buena, se enfocaba en la vulva de la actriz y en las reacciones que generaban los movimientos de la extremidad masculina.

Lo observó completo, con gusto y tuvo un orgasmo nuevo, más fuerte que el anterior.

Pasaron dos semanas. se venía un curso de la oficina de Ricardo que lo sacaría de la ciudad. Él quiso que Isabel fuera, ella aceptó y se llevó su computador para entretenerse cuando él no estuviera cerca.

Mientras él hablaba, terminado el almuerzo, con sus amigos de la oficina, ella aprovechó la disculpa de la siesta para registrarse en el grupo. El camino a ese lugar virtual fue tan raro como predecible. Después de haber visto un video en el que un hombre usando un dildo estimulaba a una rubia, buscó un sitio para comprar uno parecido. Las revisiones del producto que habían hecho las compradoras más recientes mencionaban el grupo y las técnicas que aprendieron allí, el resto fue seguir instrucciones.


Al tiempo que Ricardo contaba lo bien que estaba con Isabel ella creaba el perfil que cautivaría a Nicolás. Él llevaba 2 años largos participando en las discusiones, encontrándose con Afrodita24, Venus35 y Gabrieliiita, usando cámara web y firmando Sinmemoria.

La descripción escrita por Isabel era muy simple: tetas redonditas, pubis cuidado y ganas de ser masturbada por un extraño. Cuando Nicolás la leyó se puso duro, eyaculó y luego le envió un mensaje privado dándole la bienvenida; a ella le pareció extraño que le llegaran tantos mensajes tan rápido, pero no se sorprendió por el tono subido de la mayoría. Fue justamente la parquedad de las letras de Nicolás la que logró llamar su atención.

Más o menos tres semanas después del viaje, cuando sólo era recordado por las fotos de los asistentes en sus vestidos de baño, Isabel aceptó tener sexo virtual con Nicolás. Aunque había leído montones de consejos acerca de cómo proteger la identidad sin perderse la diversión, sus miedos y prejuicios eran más fuertes que las ganas. Al comienzo sólo chateó con él; una hora más tarde en los parlantes del computador se escuchaba una respiración masculina entrecortada. Isabel sonreía generosamente en silencio.

Los cinco días que siguieron a este encuentro fueron deliciosos y preocupantes para Ricardo. El sexo con Isabel se pareció durante ese periodo a un viaje incansable en el que cada jornada era usada para recorrer la geografía conocida de un modo distinto. Él estaba disfrutando a pesar de que le molestaba verla cada vez menos dispuesta a lamerle su sensible apéndice.

Se cumplía algo más de un mes desde la entrada de Isabel a Exploradores sexuales. En ese punto se sentía lista para permitirle a un desconocido ser testigo de la excitación de su cuerpo.

Sabía que la clave estaba en acomodar la cámara web de modo que sólo se viera del cuello hacia abajo, por eso hizo pruebas antes de entrar al chat. Convencida de que era el momento, porque ya quería hacer propias otras experiencias, le avisó a Nicolás que activaría la función de video para que pudiera verla con detalles pero sin identidad. Él, con temperatura de fiebre, aceptó.

El encuentro fue torpe, caprichoso, húmedo y curioso. Isabel gozó viendo una verga nueva que no le gritaba “chúpame ya”, Nicolás se alegró al comprobar que el perfil de ella no era publicidad engañosa.

Fueron necesarios ocho encuentros, repartidos en varias semanas, para que Isabel se animara a proponerle a Nicolás algo más arriesgado: un encuentro.

La noche que Nicolás escuchó la idea se alteró. Estaba tan acostumbrado a la intimidad digital que esa de carne y olores se le antojaba amenazadora. Sin embargo, después de dudar mucho aceptó.

Una noche que Ricardo trabajaría hasta tarde Isabel se encontró en un café con Nicolás. Estando a punto de salir dudó; se sentía algo indispuesta por un resfrío nacido en la mañana, empero eran más las ganas de vivir un juego previo largo, hecho de caricias invisibles interminables, casi eternas.

Vestida de valentía y con encaje debajo de la ropa buscó al hombre con bufanda gris sentado en una mesa cerca de la puerta. Nicolás le invitó un café con licor que ella apenas probó. Quería estar tan lúcida como fuera posible para llevar a término su aventura personal. Luego de 18 minutos asfixiantes, soportando la nube de humo que entraba al lugar, proveniente de los fumadores en la terraza, Isabel acabó con el suspenso y le pidió que la llevara a su casa para comenzar.

Nicolás tiró unos billetes sobre la mesa y siguió a Isabel que ya estaba en la calle esperándolo. Él le indicó con suavidad el recorrido, sólo debían caminar tres cuadras para llegar. Ella no sabía, pero ese olor a piedra húmeda del edificio donde él vivía se le calcaría en la memoria.

Apenas cruzaron la puerta el aire de incomodidad invadió el espacio, pero no fue suficiente para enfriarles la sangre.

Él le ofreció un trago y ella le propuso oír algo de música, jazz estaría bien, suave. Entonces comenzó la obra.

Animada, decidida, decidida aunque asustada eligió la poltrona en la sala exigua de soltero. Él cerró las cortinas, trajo una lámpara de su habitación, la encendió y apagó la luz del techo. Ella dejó su cartera en el suelo y colgó su abrigo sobre uno de los brazos, se desabotonó el pantalón y lo miró, pero no a los ojos.

Él indicaba y ella atendía. La carne debajo del pantalón de él crecía, se mordía los labios ella.

Isabel bailaba sentada, se retorcía, se rozaba los pezones encima de la blusa, a esa altura duros y evidentes.
Nicolás hacía frecuente el ruido de la ropa mientras al fondo una trompeta discutía.
“Me lo voy a sacar, no aguanto más” le advirtió él, ella asintió y contestó “entonces me voy a quitar la blusa y me voy a meter los dedos”, él se reventaba, ya casi...”quiero tocarte”, ella “¡no!, el trato es sin contacto”. Caliente, sin autocontrol él “está bien”. No, no está bien, no estaba bien, ella era demasiado sexo, demasiada turgencia para que estuviera bien no tocarla.

Nicolás apostó. El brillo casi rojizo en los ojos de Isabel le hacía creer que no lo apartaría. Quería venirse dentro de ella o al menos encima de ella. Ella lo dejó acercarse, lo veía erecto, atractivo y listo. Él se puso de rodillas y le buscó una mano, se la puso en su miembro maduro para dirigir el movimiento, ella se dejó, continuó el acercamiento, el de él buscando el de ella y...

Segundos, ella lo soltó, se cubrió mal, como pudo, movió la cabeza, se levantó con torpeza, entretanto él la miraba extrañado. “¿Qué pasa?”, ella no sabía cómo decírselo, no quería resaltar más su vulnerabilidad. “No, hoy no, aún no puedo.”

Ya en la calle buscó un taxi, se subió y comenzó a escarbar en su cartera hasta encontrar un tubo blanco. Tras abrirlo y ponerse unas gotas del contenido en las manos se las frotó alterada. Luego lo guardó y se las llevó a la nariz para aspirar con fuerza el aire a su alrededor. Una sola idea la invadía, una sensación “¡qué olor!, ¡cómo no pensé!” 

Ricardo, ah sí, él no era mejor. Isabel lo abandonó cansada de su pereza en la cama, cualidad con la que pretendía seguirle haciendo el amor durante años enteros.

miércoles, 2 de febrero de 2011

De novelas rosa y penetraciones con verduras

Hace años, cuando el Círculo de Lectores no se parecía a una leyenda como La llorona sus revistas llegaban a mi casa. Yo pasaba ratos largos observando las imágenes de las portadas y leyendo nombres de autores sin diferenciar entre los famosos y los desconocidos, para mí todos eran iguales, unos suertudos. Todos ellos vivían de hacer algo con lo que yo sólo soñaba: escribir profesionalmente.


Un nombre que siempre me llamaba la atención era Johanna Lindsay. La razón es fácil de adivinar, muy narcisista en realidad. Creía que al llamarme como ella ya tenía un paso ganado en mi camino hacia las letras. Ella es la autora de “novelas para mujeres”, un género al que nunca me he acercado, al menos no a fondo. Sigo sin leerla a ella o a Jane Austen, aún creo que el contenido de esas obras está hecho para personas que quieren salir de su cotidianidad a través de textos eróticos y fantasiosos. No sé si me equivoco.

Como millones vi varios capítulos de Sex and the city y otros tantos de Lipstick Jungle, sin embargo no con la religiosidad que caracteriza a otras televidentes. Quizás porque la transmisión de un nuevo episodio de estas series no era para mí un evento ineludible pude darme cuenta de que los personajes impecablemente vestidos no estaban tan bien construídos como los de otras historias, tal vez también se deba al hecho de que llegué a esas historias a través de las imágenes, y no de las palabras, que no siento especial conexión con esas mujeres, aunque también podrían ser los años. Ya no estoy en los 20.

Mientras preparo los capítulos siguientes de la novela que estoy escribiendo leo varios libros, me acerco a otros y planeo futuras lecturas. Entre el material que he recopilado para abordar esta tarea reencontré un libro de la autora australiana Linda Jaivin que se llama Cómeme. La traducción que estoy leyendo es española. Ya era tarde, más o menos la página 40, cuando pensé en leer el original en inglés. El libro es tan entretenido y el trabajo que hay detrás de la formación de sus personajes tan concienzudo que no quise releer todo lo que llevaba. Era más fuerte la curiosidad.

Cómeme arranca con una historia erótica escrita por Philippa una de sus cuatro protagonistas que, a diferencia de los tibios rasgos que caracterizan las portadas de la literatura rosa, no tiene vergüenza al contar detalles de penetraciones con frutas y verduras. 

El libro en español se puede bajar de acá o de acá

Entretanto le echan una ojeada o se deciden a leerlo completo, seguiré organizando una entrada acerca de las pijamadas y lo que en realidad pasa en ellas.