Verdades que las mujeres, por hipócritas, no les decimos a los hombres.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Se busca Ken huérfano y con casa propia


Los hombres pueden ser clasificados usando miles de normas, una de ellas se basa en el vocabulario que eligen para hablar. Algunos dicen “madre” en lugar de mamá y “padre” en lugar de papá quizás porque lo aprendieron, tal vez porque un día comenzaron a creer que esas palabras les daban un aire elegante. Yo sospecho que esa costumbre esconde a un tipo con complejo de Edipo sin resolver.

Las mujeres nos medimos hombres como los hombres se miden vaginas y no hablo de promiscuidad. Así como es fácil encontrar fulanos que juegan a imaginar cómo es follar con cada mujer que se les cruza en el camino, es sencillísimo dar con susanitas que se imaginan caminando al altar con cuanto tipo les sonríe.

La cultura latina, a pesar de sus aspectos positivos, hace grandes esfuerzos todos los días para convencer a las masas, gordas y femeninas, de que el éxito sólo está completo cuando además del trabajo perfecto se tiene al marido impecable. 

El material matrimoniable es ese que tiene la vida resuelta o que al menos aparenta estar en camino hacia la consecución de ese objetivo. Se espera que tenga un empleo estable, con posibilidades de ascenso o mejor, que sea muy emprendedor y negociante persuasivo, cualidades suficientes para tener con qué pagar el anillo de compromiso de 2 mil dólares, el matrimonio de 40 mil y todos los demás accesorios que vienen en la cajita.

Las mujeres jugamos de niñas con Barbies y aprendemos que es mejor la muñeca que viene con “todo incluido” en lugar de esa pobrecita que apenas llega con lo que tiene puesto, por eso de grandes nos acostumbramos a exigir un Ken de tamaño real huérfano y con casa propia.

Poco se habla de la presión a la que están sometidos los hombres para salir de sus casas alrededor de los 25, empero existe. Nosotras tendemos a buscar tipos mayores  5, 10, 15 años que nos apoyen, nos enseñen y sean ejemplos a seguir, por eso tendemos a huir de esos que no sólo dicen “sí madre” y “sí padre” sino que además se sienten muy contentos cada vez que acompañan a su mamita a hacer compras, mientras exhiben orgullosos el quiebre en los jeans planchados.

El hombre que llega a los 30 viviendo en la casa de los papás es digno de repulsa. Cuando encontramos un espécimen así sentimos el derecho a tocarlo con un palito, como el niño que inspecciona un ave muerta en el parque para asegurarse de que es miserable y no volverá a volar. 

Aquél que a los 25 no ha salido de su casa y luego, como por arte de magia se convierte en un buen partido es una leyenda urbana que las mujeres inteligentes no estamos dispuestas a creer… al menos no fácilmente ni en ausencia de pruebas.

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