Verdades que las mujeres, por hipócritas, no les decimos a los hombres.

viernes, 5 de noviembre de 2010

El arte de los nudos – IV

Había dos modelos y dos fotógrafos, nadie profesional, nadie con experiencia. Ella se fue con el tejedor de nudos y yo me fui con el que trabaja en el capitolio.

No trabajamos sobre un esquema claro. Aunque ella y yo habíamos hecho una investigación somera acerca de la estética que queríamos lograr, sólo teníamos claro que todas las fotos serían a blanco y negro. Una vez juntos dejamos que la empatía eligiera y tomamos lugares en los escenarios aficionados.

Yo comencé, ya estaba en ropa interior pero era igual a estar en vestido de baño. Las dudas estaban ahí, los miedos presentes y quizás confundí prudencia con pudor, pero ya está, las fotos se hicieron.

Reí, reí mucho y me sentí bien. 

El fotógrafo que me tocó a mí era profesional a pesar de que por primera vez se veía en tal situación. Apenas comenzó la dinámica de buscar una imagen estética, lograda pero a la vez natural y quizás hasta cotidiana, todo fue normal. Aunque, tal vez, para los vecinos que se enteraron a través de las ventanas sin cortinas del lugar no era un día normal.

Mi manía controladora tuvo que ceder. Yo no estaba viendo a través del lente de la cámara y si hubiera pedido, insistido para ver el resultado de cada toma de la sesión él no habría logrado más de 300 posibilidades sino menos de 50. 

Al fondo, en otro lugar de ese sitio, se desarrollaba la otra sesión, una más compleja por los preparativos.

El tejedor de nudos tenía que armar las figuras con la cuerda, dejando espacio para la cabeza, los brazos y la cadera de ella, además tenían que ser corredizos para hacer ajustes sobre la marcha. Muy aplicado observaba su cuaderno de apuntes y se concentraba en el blanco de la cuerda y no en el de la piel de ella. Al terminar comenzaron las pruebas.

Del trabajo de ellos salieron unas 150 imágenes, algunas halladas con la tensión física que el resto del equipo ayudó a incubar.

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