Verdades que las mujeres, por hipócritas, no les decimos a los hombres.

viernes, 29 de octubre de 2010

El arte de los nudos – III

Cada vez que le contaba a un hombre mi proyecto de hacer una serie de fotos de desnudos aparecían fotógrafos y luminotécnicos aficionados. Esa experiencia me llevó a escribir La capitalización de las tetas, tras leer algunos textos relacionados con el tema y comprender que los tipos siempre adorarán ver senos.

Aquí y ahora siento que fui imprudente, que hablé de más y que conté a demasiadas personas lo que quería hacer. Creé una expectativa que dudo pueda satisfacer en el futuro. Aún así, con dudas mayores y menores, seguí adelante.

El espacio necesario para tomar las fotos no fue fácil de conseguir. Se necesitaba un sitio privado y sin muchas personas. Luego de un viaje ajeno improvisado y una convocatoria de última hora, armamos entre amigos una sesión relámpago.

Sin mayores preparativos, con muchas ganas y mucho sueño, al menos yo, comenzamos.

Empezamos con torpeza. Ese día me levanté temprano y resulté hablando de métodos de depilación con los fotógrafos que, para mi sorpresa, estaban más interesados que yo en el asunto. Les parecía absolutamente curioso que existiera una depiladora eléctrica que arrancara los vellos de raíz.

Al tiempo que iba avanzando el grado de confianza, salían los secretos, antes que la ropa. Escuché historias en las que ellos habían intentado tener una piel tersa usando varios métodos: crema depilatoria, máquina de afeitar, cera, en fin, escuché detalles que habría preferido ignorar.

Luego uno de ellos, justamente el fotógrafo aficionado elegido a última hora, comenzó con lo que había anunciado. 

Sacó de su morral un cuaderno de hojas cuadriculadas en donde se leía, en una de sus primeras hojas, “Bondage – I”, y en las de más adelante “Bondage – II”.  En el contenido se podía ver el dibujo de un cepo hecho a mano alzada e instrucciones ordenadas acerca del arte de los nudos.

A continuación sacó unas cuerdas blancas y suaves para tejer sobre su ropa las figuras que completarían la composición. Ella, la otra mujer jedi, estaba fascinada con toda la parafernalia de sumisión que comenzaba a aparecer. Al terminar tenía un hermoso arnés japonés para darle tonalidades novedosas a la estética de los desnudos.

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